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Que se vaya de mi
pecho amarillo y flaco inmenso
este pulso ya vencido.

El odio
que se vaya;
que se vaya de mi frente
el sollozo montando el cielo
espoleando
el aparato triturador de ensoñaciones
en el fluido gris de la neurosis
donde Dios ha dejado de mirar.

La sequedad y el calor
que reducen la muerte
que se vayan
el aire quieto y los coros
que se vayan.

La realidad es un vaivén de lenguas calcinadas
estrellándose en los vidrios tenues del poeta.

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